XXV Aniversario del Código Deontológico. Mensaje Rafael de Mendizábal Allende

Rafael de Mendizábal Allende. Presidente de la Comisión de Arbitraje

EN LAS BODAS DE PLATA DEL CÓDIGO DEONTOLÓGICO DE LA FAPE

La conmemoración que aquí y ahora nos convoca, las bodas de plata por cumplirse el XXV aniversario del Código Deontológico del Periodismo, nos sitúa en un altozano del camino desde el cual, parafraseando al poeta, solo contemplamos las ruinas de lo que otrora, apenas ayer, fuera una espléndida civilización, cuya degradación paulatina se ha consumado por inadvertencia, paradójicamente  por el debilitamiento de sus raíces éticas. No se tachen de tremendismo estas palabras porque la situación es reversible. No es tampoco exageración sino aviso porque el ajetreo diario en un mundo dinámico dificulta la visión desoladora de una sociedad mediocre extendida por los dos continentes que manejan el timón del mundo  conocido desde hace dos siglos, Europa, hechura de Grecia, Roma y el cristianismo, América hechura de España  con un poderoso injerto  anglosajón  sobre el limo fecundo de las culturas indígenas que los conquistadores respetaron, no así quienes llegaron después.
Pues bien, parecen encontrarse en trance de extinción los principios y reglas morales, las virtudes y los valores que guiaron la conducta, el comportamiento de las buenas gentes. No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor, nunca ocurrió así, pero el ser humano, a trompicones, se sabía imperfecto pero ansiaba la perfección  por el espíritu. Para  andar ese camino en las riberas del Mediterráneo hombres clarividentes armaron una arquitectura a la cual llamaron “ética” cuya etimología nos pone en presencia  del “carácter” o modo de ser de la persona,  adquirido por la educación.  La “moral”, se dice, es la parte de la Filosofía que trata del bien  y del mal en los actos humanos, clasificados, pues,  primariamente  en buenos y malos y la “ética” la parte de la Filosofía que ocupa la moral. Ambas, dos en una, afectan a todos, pero son ingrediente  necesario  de todas las actividades humanas que se ejercen como una proyección pública y tienen una dimensión  social, como el periodismo y la política, cuyo desarrollo más floreciente en libertad se ha conseguido históricamente en un ambiente democrático. En la democracia  alcanza su cuota más alta y se convierte en uno de sus pilares o columnas fundamentales y fundacionales, como lo ha calificado el Tribunal Constitucional,  que también ha reconocido su “función pública”. Como faro  que ilumina su navegación, se alza la Constitución  que, según Woodrow Wilson, “no es tanto un sistema de gobierno como un conjunto de principios, como tal morales”.
En esta sociedad mediocre  la estrella polar de las nuevas generaciones no es el enriquecimiento espiritual, interior, por medio de sus cuatro manifestaciones exteriores, la bondad, la verdad, la belleza y la justicia, sino “el pelotazo”, enriquecimiento económico rápido, sin esfuerzo ni creatividad, en un clima de relativismo moral, como puede comprobarse leyendo cualquier periódico, moviendo el dial de cualquier emisora radiofónica, encendiendo la pantalla de televisión o navegando en internet. Es un fenómeno agresivo que socava los cimientos de nuestra convivencia en libertad. Al tiempo que contemplamos ese desplazamiento por la pendiente de lo fácil y de lo cómodo me dicen que en nuestras Facultades de Ciencias de la Información, cualesquiera que sea su concreta denominación, languidecen las cátedras de Deontología del Periodismo   o desaparecen,  y en definitiva pierden peso específico  en el curriculum académico.
Es hora de  invertir tal tendencia en caída libre y multiplicar no solamente esos puestos estratégicos que tan expresivamente  se llaman “cátedras”, núcleos de atracción  intelectual  y de experiencias humanas para ser transmitidas a los periodistas en agraz. El buen periodismo, como la buena música, está hecho no tanto de palabras o sonidos como de silencios. No puede llamarse “bueno” al periodismo sin límites ni  ley, “al oeste del río Pecos ”,en el que  todo valga. El “ciudadano Kane”  o quienes aquí y  allá, hoy  o ayer  le imiten, no puede ser el modelo. Los jóvenes que, con la ilusión virgen de los años mozos, acuden a esas Facultades y Escuelas para su formación, deben ser conscientes, ellas y ellos,  y para hacérselo saber están los maestros, – que perfeccionando  al máximo su conocimiento de la profesión prestarán  un servicio trascendental  al pueblo cuando se  sitúen en la vanguardia del Estado de Derecho, síntesis de la democracia y la justicia y cumplen su misión  de informar y enseñar,  todo  su esfuerzo será en vano y se tornará en contra de lo pretendido, si sus textos y sus imágenes  se sazonan con la sal del bien, porque todo gran periodista, es en verso de Antonio Machado “un hombre, en el mejor sentido de la palabra, bueno” o en el lenguaje de Don Miguel de Unamuno “nada menos que todo un hombre”…. O una mujer, tanto monta.
En definitiva, el futuro del periodismo como el de todas las manifestaciones del ser humano, no está fuera de nosotros, sino en nuestras manos. El mañana nos pertenece.